Si algo nos dejó la pasada edición de los juegos Olímpicos, es que la unión hace la fuerza. Esta frase quizás está muy trillada para muchos, pero no por ello deja de ser cierta.

No es casualidad que sean casi siempre los mismos equipos los que terminan llevándose a casa la mayoría de las medallas. Estados Unidos, por ejemplo, lo tienen claro: la meta es ganar, y para ello su equipo debe marchar como una maquinaria bien engrasada. Sí, hay estrellas, como en todo: Phelps, Ledecky o Gabby Douglas.

Hablamos de atletas de altísimo rendimiento que inspiran no solo a los fanáticos sino a sus compañeros de equipo. Sin embargo, por sí solos no son suficientes, ellos lo saben y sus compañeros también. Sin Dressel, Held o Adrian, Phelps no hubiera podido ganar su medalla de oro en los relevos.

De nada le hubiera servido a Douglas tener la más alta puntuación en sus rutinas si el resto de su equipo no hubiera estado al mismo nivel de desempeño. Y esto no depende de los atletas por sí solos: entrenadores, profesores, médicos, todos trabajan y hacen su parte lo mejor que pueden para que los atletas puedan subir al podio.

¿Cuál es la diferencia entre un equipo que brinda resultados y uno que no?

La motivación.
Y es que no basta con desear la medalla: hay que trabajar por ella y disfrutar el trayecto, de otro modo, la meta es vacía. En los equipos de ventas sucede lo mismo: de nada sirve que haya una o dos estrellas, todo el equipo debe funcionar igual.

¿Y cómo se puede lograr inspirar al equipo? Emulando el trabajo de los deportistas y aplicando estos cuatro principios:

Promover la actitud de trabajo en equipo.
No se trata de negar las capacidades de cada individuo, todo lo contrario: hay que explotar las capacidades de cada uno de sus miembros, al tiempo que hace ver que las diferencias entre cada uno son las que ayudan a complementarse unos con otros. Todos son únicos y por ello son necesarios. Cada uno tiene un papel y una responsabilidad distinta, sin la cual, el resto del equipo no puede funcionar. Así ninguno tiene que competir con otro, todos se acompañan en el proceso.

Eliminar los egos.
Alimentar egos individuales no sirve a nadie, crea divisiones y termina por crear problemas entre los miembros del equipo. Por el contrario, al tener una mentalidad de equipo, los miembros dejan la actitud soberbia de lado y pasan a una actitud de ayuda y servicio a sus compañeros. Se vuelven figuras que inspiran.

Establecer metas.
Cuando el equipo comprende hacia dónde debe dirigirse, cuando lo tiene claro, los obstáculos que se interponen, se superan más rápidamente. Para ello, hay que establecer dos tipos de metas: varias pequeñas a corto plazo que estén encaminadas a una más ambiciosa a largo plazo. Ello evita que el equipo se sienta abrumado y que sienta la meta final lejana e imposible. Tener objetivos claros, palpables aumenta la confianza en los miembros del equipo, y les da la seguridad necesaria para aceptar los retos posteriores.

Comunicarse efectivamente.
Este es un punto clave. Para que el equipo funcione a la perfección, los canales de comunicación deben estar abiertos en ambos sentidos: los directivos no pueden convertirse en esta figura inalcanzable y déspota a la que el resto tema hablar, sino escuchar las observaciones y sugerencias de todos los miembros de su equipo, poder ver las áreas de oportunidad y crecimiento que se pueden estar perdiendo y que sus equipos puedan estar descubriendo al tener otro punto de vista.

campeonEn resumen, es importante que los individuos de cada equipo sepan que si bien tienen una función específica, son parte de un todo y que pasen del “Yo” al “Nosotros”, y descubrir que cuando todos hacen su trabajo, todos ganan.

Los programas de motivación y lealtad son una de las herramientas que las compañías han descubierto logra de manera efectiva e inmediata ese objetivo. No es casualidad, por ejemplo, que el creador de una de las herramientas más importantes de incentivos a empleados sea ex atleta olímpico. Andrés Vera Llorens, Co-CEO de ThinkSmart se desempeñó durante la década de 1980 como atleta en las competencias de 800 y 1500 metros lisos y participó en las Olimpiadas de Los Ángeles en 1984. Vera Llorens ha logrado trasladar esta mentalidad de compromiso, disciplina y motivación a programas que ayudan a las compañías a mejorar el desempeño de sus equipos de trabajo. Con ellos, se alaban los éxitos individuales, sin menospreciar el trabajo de los demás. Quienes se vean rezagados no temen la cólera del equipo, sino que sienten la confianza de acudir a sus compañeros y pedir ayuda, consejo y guía para tener resultados palpables, ser eventualmente aquel que inspira a otros y, quién sabe, en un futuro incluso liderarlos.